Los juicios de valor y la pereza cognitiva (Comunicaciones fareras II)

¡Varios meses sin publicar! Había prioridades que atender en todo este tiempo y no se puede llegar a todo, entendiendo todo como varias actividades que requieren tiempo y energía.

Hoy tengo una nueva comunicación farera. He aquí un informe de las tantas largas conversaciones entre hermanos fareros en los confines de lo que podrían pasar por paisajes del fin del mundo.

Los fareros solemos ser un poco lobos solitarios, aunque somos sociables, no odiamos a la humanidad ni nos colocamos en una posición exclusiva respecto a nuestros congéneres. Algunos emiten juicios de valor a sabiendas de que no tienen importancia, pues dichas apreciaciones hablan más del observador que de lo observado. Esta comunicación trata sobre este particular.

Los juicios de valor configuran los relatos y viceversa, a modo de intento de reordenación de una realidad en la que lo fortuito, arbitrario y sin sentido forma parte del hecho del vivir. Y es que quizá hay mucha cosa que sucede porque sucede, y no es necesario encajar todas las piezas de los hechos de la vida para comprender las vicisitudes existenciales que definen nuestro recorrido vital. Los juicios de valor y nuestros vanos intentos por relatar la realidad nos esclavizan y encorsetan nuestro entendimiento, debido a varios factores.

Destaco uno que me parece bastante generalizado, sea consciente o inconsciente para sus practicantes —más bien inconsciente, por lo observado—: la pereza cognitiva. No voy a meterme en estudios sociológicos ni en el funcionamiento de la mente humana, no me apetece.

Por las razones que sean, la cuestión es que es bastante sencillo que tendamos a delimitar con unos pocos elementos los hechos que vivimos y percibimos. Nuestras interpretaciones se basan en pocos criterios, creados a partir de nuestra personalidad, cultura de pertenencia, contexto histórico, etc. Podemos ser presentistas y/o sectarios, por ejemplo, tirando de falacias lógicas creyendo que partimos de argumentos sólidos, hacer lo posible por defender nuestra postura para que no se desmonte nuestra visión de la realidad, que es nuestro modus vivendi. No solemos ponderar con demasiado ahínco los fundamentos sobre los que nos sustentamos para entender e interactuar con la realidad. A veces me pregunto si la mayoría de las personas atesoran dichos fundamentos conscientemente.

Tendemos al autoengaño, a modo de amortiguador mental que suaviza nuestra vivencia de lo impermanente e incomprensible. Nos gusta lo misterioso, pero desde la barrera, ubicados en una falsa e insensata sensación de seguridad y certeza. Si nos hiciéramos conscientes de este tipo de sesgos y mecanismos psicológicos y los mirásemos de frente sin subterfugios, como mínimo empezaríamos a hacernos más responsables de nosotros mismos, un factor necesario para ser y ejercer lo que podemos llamar libertad. Pero ese es otro tema.

Releyendo lo que llevo escrito hasta ahora, me da la sensación de que para algún lector puede parecer pesimista y que considero a la humanidad imbécil. Pero esto sería un juicio de valor que no dice gran cosa. Esta es una observación que, para quien se sienta identificado, espero que sirva como reflexión para invitar a la revisión de cada cual, algo que considero importante para que no nos convirtamos en seres dogmáticos, canceladores, inquisidores y cualesquiera términos que defina la estrechez mental que va ligada a la pereza cognitiva y a otros aspectos psicológicos que nos conducen a eso.

Termino aquí. Espero poder reactivar la web con más reseñas, comunicaciones y contenido del universo de Mundo Cosa. Hasta la próxima entrada.


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