Viene de aquí.
El pétalo sur, Miparné, era el epítome del consumismo y la juerga no sólo de Canónica, sino de todo Bástalon. Venidos de todas las partes del país, compradores compulsivos, tarambanas pendencieros, los bohemios más díscolos de Pequeña Aquella e individuos volubles que se dejaban arrastrar por las hipnóticas luces y el aún más hipnótico griterío de los comerciantes se apiñaban en busca de su dosis de consumación de deseos. Los carteles luminosos de cada tienda, restaurante y club brillaban más aún a causa de la reflexión del vapor, que convertía las nubecillas y nieblas de la zona en una especie de arcoíris destartalado, sobre todo por la noche-noche. Ah, y lo de las luces y gritos hipnóticos era literal.
Barrio Mazo era una zona dedicada en exclusiva a la fiesta y el dislate. Exceptuando un par de manzanas de viviendas, todo eran clubs, pubs y restaurantes nocturnos. Kaltus hacía tres años que no pasaba por allí. Antes iba de fiesta con sus amistades de Pequeña Aquella, pero dejó de frecuentar aquel pétalo porque empezó a generar aversión a que alguien se pusiera tras él cuando estaba quieto y había mucho gentío. Si caminaba no tenía problema; sin embargo, si él estaba parado y mucha gente se movía a su alrededor, sobre todo a sus espaldas, se ponía nervioso al asaltarle una desconfianza instintiva hacia los demás. Los años de despachador pesaban y de forma inconsciente aprendió a detectar seres indeseables y cantamañanas, y como Miparné estaba repleto de ellos, no le quedó más remedio que ir a lugares más tranquilos de la ciudad, como por ejemplo su casa o el parque Estiveo, en su mismo barrio. Y de vez en cuando algún museo o exposición. Y el restaurante de la esquina de su calle, El Chambelán Retorcido. Poco más.
Kaltus fue a Barrio Mazo en vapo, el tren metropolitano. Un conjunto de vías ferroviarias cruzaba toda la urbe para agilizar el movimiento de personas y materiales. Usaban el vapo los perezosos que aborrecían el tráfico canotense, los que no podían permitirse un coche o un dirigible y los carteristas. Kaltus era de los primeros. Aunque los vapos siempre iban llenos de gente, en este caso el despachador solía estar tranquilo porque todos estaban quietos como él —o todos en movimiento, según se mire— durante el trayecto.
Llegó a la comisaría del barrio unos minutos antes de las diez en punto. Un policía de panza generosa lo acompañó hasta el despacho del comisario Veid. Tobas Veid era alto y delgado, rubio, con cara aplatanada y unos ojos azules de mirada desconfiada y un poco alterada, de las que buscan crímenes y personas que arrestar. Una mirada de profesional un tanto desquiciado por a saber qué razones. Se estrecharon la mano.
—Así que usted es el despachador que ha contratado la mayesta —confirmó Veid—. Cuénteme qué sabe del tipocé. ¿Café? —Kaltus aceptó.
—Son monstruos traicioneros, les gusta atacar por la espalda —describió Kaltus—. Y es raro, porque tienen brazos largos y musculosos y de un puñetazo o un abrazo quebrantahuesos matarían a cualquiera.
—¿Hace el abrazo quebrantahuesos?
—Con beso incluido.
—Nos enfrentamos a una criatura cruel —dijo, echándose sobre el respaldo de su silla y mirando hacia arriba, como si tomara nota—. ¿Qué más deberíamos tener en cuenta?
—Escupe un veneno que provoca risa y llanto al mismo tiempo, confundiendo y paralizando a su víctima.
—Veneno cambia-psiques… Estos engendros salidos de la ciencia malintencionada nos matarán a todos.
—No creo, Canónica tiene mucha población y los tipocé son caros de producir y, por tanto, pocos.
—Era una metáfora.
—Ah.
Se hizo un silencio incómodo. Veid lo rompió.
—¿No capta una frase hecha?
—Sí que capto, pero no le conozco y no sé si usted es de los que habla literalmente o usa metáforas para expresarse. Ya veo que las utiliza, lo tendré en cuenta durante la misión.
»Es importante, ¿sabe? Si ve al tipocé y le da por exagerar diciendo que hay varios, el procedimiento que seguiré será uno u otro.
—Yo nunca diría que hay varios si sólo veo a uno. De todas formas, no iré a la misión, le acompañarán mis agentes más cercanos.
—Me alegro, me quedo más tranquilo. Sobre lo de que si ve una cosa dice que hay una cosa, y no más. Lo de si usted va o no va a la misión me da igual. ¿En qué zona de Barrio Mazo ha aparecido el tipocé?
—En la esquina suroeste, alrededor de los pubs Tutifor y El Balancín. Los tres asesinatos fueron en la calle Colmena.
—¿Cómo murieron las víctimas?
—Garras. Destripadas las tres.
—Los tipocé no tienen garras.
—Quizá este tipocé las tiene.
—Entonces no sería un tipocé, sería un tipobé.
—Sin embargo, según el catóptrico el monstruo repetía todo el tiempo que era un tipocé.
—Será bueno midiendo sombras, pero el catóptrico quizá está medio sordo o algo así. Los tipobé se parecen un poco a los tipocé.
—Es posible. El oído no es indispensable para ejercer de catóptrico.
—Aunque sea un tipobé, eso no explica que hablara…
—Eso es lo más extraño de todo, que hable. Porque gruñir gruñe, todos lo sabemos. Aunque lo de hablar… Desde el laboratorio se puede fabricar un tipocé que hable, ¿verdad?
—Un laboratorio muy ilegal podría hacerlo, sí. Sólo habrá dos o tres científicos delincuentes capaces de otorgarles habla a sus aberraciones.
—De eso mejor hablamos luego, no tenemos mucho tiempo y esta noche queremos seguir la pista al tipocé.
—O tipobé, por lo de las garras, no está claro.
—Lo que sea. Acompáñeme, le presentaré a los agentes que participarán en esta misión.
El encargo se complicaba un poco. Si era un tipobé, la forma de seguirlo y de cazarlo sería diferente a la de un tipocé. Si tienes como testigo a un catóptrico, la realidad objetiva se hace presente, pero, si está mal del oído, la verdad se persona a medias; así son las cosas de la verdad.
Veid guio a Kaltus hasta una amplia sala de reuniones en la que había cinco agentes sentados tomando café mientras preparaban pistolas, rifles y redes para cazar al monstruo llegado el momento. O para amenazarlo y que les revelara su origen, ya que hablaba. Veid presentó a Kaltus y a sus agentes.
—Agentes, les presento a Kaltus Buensuceso, el despachador traído por la mayesta.
—En realidad he sido contratado, he venido solo en vapo —corrigió Kaltus, amante de la precisión.
—Ya… Buensuceso, le presento a los agentes que participarán en esta misión.
El comisario Veid presentó uno a uno a los agentes. El agente Nádez era calvo con la cara redonda y de mirada ausente; era el francotirador de la comisaría y estaba tan alejado del resto de sus compañeros como su mirada.
La agente Paniate, morena de pelo corto y liso, tenía cara de impaciente y los ojos marrones, que no correspondían con la expresión de su rostro, detalle un tanto desconcertante para Kaltus. La agente hizo un curso de montaraz y sabía seguir pistas —en el cuerpo de policía también había formación para tal efecto, aunque poca—.
Justo al lado de Paniate estaba Ceña, una agente especializada en el combate con objetos punzantes, de rostro amable, mirada más amable aún y de cabellos castaños con un peinado que parecía la cortesía personificada. La personalidad de Ceña coincidía con su apariencia.
El agente Sílex, con pelo de pompón rojo fuego y bigote mullido que llamaban más la atención que cualquier otro rasgo físico o psicológico, sabía ser policía, con todo lo que eso significa, que son muchas cosas.
El quinto agente era un corpulento robot de nombre Atrio. Tenía cabeza de cafetera, dos grandes luces circulares azules como ojos y una estrecha rejilla que hacía las veces de boca o más bien de altavoz. Medía unos dos metros y sabía hacer un poco de todo.
Veid mandó a todos atender y encendió la pantalla de la sala, que mostraba un mapa de Barrio Mazo.
—Vamos a repasar la situación. El tipocé o el tipobé…
—¿Tipobé? —preguntó extrañado Sílex.
—¿Pero no es un tipocé? —siguió Paniate.
—Como tiene garras puede ser un tipobé —aclaró Kaltus.
—Si el catóptrico lo oyó y vio su sombra con claridad.
—Pudo no oír bien.
—O es un tipobé con el deseo de convertirse en un tipocé —sugirió Atrio—. Es posible que crea que repitiendo como un mantra que es un tipocé se convertirá en uno.
—No había caído en ello. Sea uno u otro, la forma de encararlo será diferente.
—Tendré que llevarme dos tipos de munición —dijo Nádez como si pensara en voz alta.
—Y yo dos tipos de cuchillas —comentó Ceña.
—¡Centraos! —ordenó Veid, molesto con el despachador por añadir un dato a la misión quizá innecesario, quizá vital—. Los ataques han sido en la calle Colmena, como ya sabéis. Esa calle es curva y poco frecuentada de noche, porque no hay garitos de ningún tipo. Por si acaso, hemos cerrado la vía para que ningún civil la transite mientras estamos de misión.
—Comisario —intervino Paniate—. Si la calle está cerrada, a lo mejor el tipobé o tipocé no entrará.
—Es un bicho ilegal, no seguirá las normas —dijo Ceña.
—Eso sí.
—¿La calle es curva en vertical o en horizontal? —preguntó Kaltus.
—Hace esquina, así que en horizontal —respondió el comisario. Para evitar preguntas de ese tipo, tocó la pantalla y apareció un mapa de la manzana de la calle Colmena—. En esta manzana y las dos siguientes sólo hay viviendas. Fue justo en la esquina de la calle en donde fueron atacadas las víctimas. Desgarradas con unas garras muy afiladas y fatales. No les dio tiempo ni a pegar un grito de dolor.
»Como los tipocé o tipobé siempre son propiedad de alguien, la mayesta nos ha pedido que sigamos la pista del monstruo hasta dar con su origen. Así de sencillo.
—¿Y cómo sabemos que aparecerá hoy? —preguntó Sílex.
—Porque sale cada dos días y el último asesinato fue anteayer —dijo Atrio—. Ergo, hoy toca crimen si no lo evitamos.
—Exacto, Atrio —afirmó Veid—. El plan es el siguiente: ni los tipobé ni los tipocé miran nunca hacia arriba, así que vosotros seis os repartiréis en los tejados de ambos lados de la calle. Vigilaréis todos los flancos hasta que aparezca. Os comunicaréis por un canal de compo cerrado.
»Cuando el tipocé o tipobé se aleje de la calle Colmena, si es que se aleja, usted, Buensuceso, será la vanguardia que vigilará su ruta. Los demás le haréis caso a no ser que os pida alguna locura.
—¿Y cómo medimos el grado de locura de una orden? —preguntó Paniate—. Eso es muy subjetivo, jefe. Quizá para el despachador no sea una locura aquello que para nosotros lo sea.
—Y viceversa —apostilló Ceña.
—Mi instinto nos guiará —dijo Sílex, confiado de su buen hacer policial. Todos se quedaron más tranquilos excepto Atrio, que ya estaba relajado de antes.
¿De verdad su instinto les guiará? ¿Hacia dónde, directos al despropósito, la fiesta o al monstruo? ¡La semana que viene saldremos de dudas!
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